sábado, septiembre 5

I
Desde hace tres o quizás cuatro años los hombres no paran de desprenderse.
De desprenderse de mí, que les di vida, que les di cuerpo, que les di palabra.
Hombres los cuales se habían abrazado (idealmente) en la divagación mental para que mi alma tuviese estructura plena y no se pierda entre la inconsistencia y desestructuración de todas las cosas que el hombre llegar a captar de las partes del mundo.
Es decir que sirvieron de contenedores para la liquidez del pensamiento.
Se han venido abajo.
Se han roto, quebrado, han desaparecido, se han deformado, se difundieron, se estatizaron.
Y así como las hojas caen bailando desde las ramas en otoño, así mis hombres cayeron de mí y se colocaron en un terreno imaginario, en un estado eterno, en una tierra propicia a la ebullición y fundición de nuevos seres.
Así como para las formalidades urbanas-racionalistas pasan los días, las horas y los años en los relojes y almanaques, así en mí cayeron y se levantaron los hombres variándolo todo.
De este modo mi natural se asemeja al natural salvaje y el hombre deja de ser mármol vegetativo en la inconsciencia, y de esta misma forma , de la energía autónoma que guiaba mis pasos pasé a la conciencia (aunque tampoco tengo la certeza de que esto sea no un nuevo túnel).
De este modo la densa neblina fue atravesada por los rayos del sol. Este brillo ahora ilumina el desierto en donde me encuentro. Este desierto donde veo hasta el horizonte y aun allí no se levantan ni ciudades, ni hombres, ni lápidas, ni seres de realidad, siquiera realidad. Sólo el horizonte (que al fin y al cabo es el simbólico horizonte de nuestra humana percepción de las cosas) es lo que se distingue ante tanto caos de la nada. Al propicio orden de la nada.

1 comentario:

  1. Ey, sí... nos estamos dando vuelta. No entendemos nada.

    No entiendo nada.

    Tremendísimo escalón.

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