sábado, abril 4

Canción que dejó en brazos fríos talismanes.


No pude nunca dejar de evitar clavarte la muerte en el estómago de días.
No me hagas pan dorado en finas circunstancias.
Nunca deja de chirrearme, o titilarme el alma.
Tu presencia es escarlata, o quizás diamante de finos acertijos
hasta un alba de doradas puntillas, de estregones que gorgojan.
Cerca de la penumbra exhumada, cerca de un tesoro de pobres.
Me encontraste en aquel hangar vacío. Y me diste muerte.
Oh! Cuanta pena hubiese evitado de haberme enterrado,
Cuanto habrías salvado en mí, de haber colapsado completamente la estructura de piedra.
Y no dejándola como un amuleto vacio. Como faraones andando a la deriva.
Como ojos salpicados de estrellas. Como lechos vacios, donde ni el candor de la piel,
Donde ni el candor de la vida hace su efecto más primero.

Deja de entorpecer mi andar, yo. Déjame de mí mismo y vuela alto,
Hacia las latitudes donde era niño. Hacia los costados de mis años primero…
Donde la tortura sólo residía en sueños, donde el fuego no quemaba
Donde la penumbra eran víboras o colores de árboles desfalleciendo
En monstruos intangibles, en apariciones de gruesa sal.
En yo mismo.

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